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Opus Dei: opiniones de protagonistas

En esta página se ofrecen testimonios de gran valor histórico. Es una recopilación de artículos publicados en la prensa internacional entre los años 1975 (fecha de fallecimiento del fundador del Opus Dei) y 1990, muy cerca ya de su beatificación por Juan Pablo II.


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Juan Hervás y Benet, Obispo-Prelado de Ciudad Real, en Cursillos de Cristiandad (Madrid), 9.75, en Arriba (Madrid), 26.6.76, y en Palabra (Madrid), 10.78.

Texto

Es una hora difícil

para los Cursillos,

Cursillos de Cristiandad

Madrid 9.75

unos años antes, la grave audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado laical: la de los Cursillos de Cristiandad. Y aquel afán mío y de mis colaboradores de devolver un dinamismo activo a los seglares, habla desatado en torno a ml persona una do'orosa tempestad.

En aquella noche oscura me encontré en Roma con Monseñor Escrivá. El diálogo con él era siempre fácil y cordial. Nos habíamos conocido mucho antes en Madrid, cuando estaban casi humeantes aún los rescoldos de absurdas quemas de conventos, y se respiraban aires de furioso anticlericalismo. Entonces ambos éramos jóvenes sacerdotes, llenos de ilusión, en medioo de un ambiente aparentemente, al menos, hostil. El trabajaba entre jóvenes estudiantes, en un modesto piso con rótulo de "Academia". Allí le visitaba algunas veces. Y allí, en torno a un Sagrario, echaba sus brotes primerizos el Opus Dei. Por mi parte, consagraba yo mi recién estrenado sacerdocio a la naciente Acción Católica. Y una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal nos unia.

En el encuentro a que me refiero ahora, los tiempos habían cambiado y nuestras responsabilidades eran mucho mayores. Pero el diálogo jovial y lleno de cariño brotó como antaño, y, como siempre, derivó fácilmente a la intimidad de nuestro sacerdocio.

un corazõn abierto

El espíritu que se derrama en el mundo a través de un sacerdote fiel y entreñado, es semilla de vida que encierra fecundidades insospechadas. Y cuando el sacerdote muere, se produce en el pueblo cristiano un vacío que trasciende el circulo familiar y afectivo, para convertirse en sentimiento eciesiaÍ. Muchos experimentan entonces ta sensación de que aquel sacerdote era "algo suyo", con mayor intensidad de Ia que hubieran imaginado.

Estos pensamientos, que compartí recientemente con mis sacerdotes y con la felioresia de una parroquia rural, al despedir con dolor y esperanza a su anciano párroco que moría con la paz de los elegidos en el corazón y en los labios, ha vueao a brotar en mí con inusitado vigor ante la muerte de Monseñor José María Escrivá de Balaguer.

¿Quién podrá medir la irradiación de este corazón. sacerdotal, grande, intrépido y generoso, que bruscamente dejó de latir ai recibir la primera llamada de su Padre y Señor? Acostumbrados a medir el dinamismo del Espíritu con los pobres instrumentos del cálculo humano, nos equivocamos constantemente. Tengo la seguridad de que, por encima de su obra tangible -sus palabras, sus escritos, sus activjdades de fundador y maestro de nuevos caminos para el laicado cató:ico-, la fecundidad de su corazón sacerdotal, abierto a todos los problemas de Ia Iglesia y a todas las inquietudes de los hombres, ha llegado a la intimidad de muchos corazones, y ha sacudido muchas conciencias. Porque él tenía el don de calar en lo hondo. Y seguirá haciéndolo.

A lo largo de mi vida, no han sido frecuentes los contactos con Monseñor Escrivá. Pero dejaron huella. Evocar alguno de estos momentos es poner al descubierto un pirón de mi propia alma y de la suya.

Quiero recordar ahora una conversación que tuvimos, en fecha imprecisa, hacia 1957. El residía en Roma y era ya padre de ia gran familia dei Opus Del. Yo había "cometido",

No tuve que contarle detalles de las penas que me afligían. No lo necesitaba Monseñor Escrivá. El penetraba los corazones por el camino de la intuición, aunque ciertamente sabía escuchar cuando era necesario. Pero pronto llegaba al fondo. No probiematizaba nl discutía. Veía rápidamente los problemas, y no admitía perder tiempo en estériles lamentaciones. Todo el tiempo era necesario para trabajar lealmente, asumiendo la responsabilidad personal y con la mirada puesta en Dios. Monseñor Escrivá proyectaba la reciedumbre de su fe, como los viejos profetas, sobre los acontecimientos humanos, ti remontaba serenamente el vuelo a las regiones serenas de ta paz interior.

Recuerdo que sus palabras, breves y certeras, me reconfortaron mucho en una hora ciertamente difícil para los Cursillos de Cristiandad. Y recuerdo también la insistencia con que recalcaba, dándome Ia sensación de que volcaba en mi su propia alma: amor a los que no nos comprenden, oración por los que juzgan sin querer enterarse, atención a ia voz de la Iglesia y no a los rumores de ia calle, corazón limpio de amarguras y resentimientos.

De este modo providencial e imprevisto aquel hombre de Dios, como no dudo en llamarlo, influyó para atentar una empresa que no era su empresa, y volcó caridad y comprensión sobre un método de espiritualidad y apostolado laical que iba por caminos distintos de los suyos. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.

Algún otro hombre providencial encontré en las horas oscuras de los Cursillos de Cristiandad. Pero hoy es grato para mi rendir este modesto tributo de gratitud y admiración al buen espíritu de un gran sacerdote, tan conocido y admirado por otros muchos conceptos.

JUAN HERVAS

Obispo de Ciudad Real, Consi'iario Nacional

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